Se abrió una discusión que yo la esperaba hace mucho tiempo, siendo súper honesto, porque creo que una de las peores decisiones que se ha tomado en materia de reformas tributarias fue el cambio desde un sistema de base retirada a uno de base devengada.
¿Y por qué? Porque para que la inversión funcione y tenga un crecimiento sostenido, se necesita una lógica clara. La fuente más barata para generar inversión en las empresas, sin duda, son las utilidades. Cuando tú tienes un sistema tributario donde las utilidades pagan impuestos por el devengo, es decir, por el registro contable —ingresos menos gastos igual utilidad—, y sobre esa utilidad aplicas impuestos, como ocurrió con la reforma de 2014, se elimina el incentivo a reinvertir.
Porque el empresario razona así: «si me van a cobrar impuestos tanto si retiro las utilidades para consumo personal como si las dejo dentro de la empresa para invertir, entonces mejor me las llevo.» Y, por lo tanto, la inversión empieza formalmente a decaer.
Esto no es teórico, es empírico. Para tener una referencia: en 1970 la inversión como porcentaje del PIB era 13,7%. En 1973 bajó a 9,8% y en 1983 llegó a 7,8%. Es en ese momento cuando se abre la discusión sobre cómo reactivar la inversión, entendiendo que la inversión es el motor del empleo y del crecimiento económico.
La lógica es simple: si yo tengo un negocio, estoy en la caja y tengo un trabajador atendiendo en un mesón, y quiero aumentar ventas, necesito invertir en otro mesón. Pero esa inversión implica contratar a otra persona, porque un trabajador no puede atender dos mesones eficientemente y yo no puedo dejar la caja. Por lo tanto, inversión y empleo van de la mano.
En 1984, bajo esta lógica, y de la mano de Hernan Büchi Buc se implementa una de las reformas tributarias más relevantes. Se separan las utilidades en dos: las retiradas y las no retiradas. Las retiradas son para consumo del dueño. Las no retiradas son la principal fuente de inversión, porque no tienen costo financiero directo; no pagan tasa de interés, solo tienen un costo de oportunidad, pero el costo de oportunidad no tiene registro contable, por tanto, las utilidades acumuladas eran la fuente más barata para generar inversión.
Para eso se crea el FUT, el Fondo de Utilidades Tributables, un registro contable donde la empresa declara, por ejemplo: gané 100, el dueño retiró 20 y 80 quedan acumulados. Esos 80 normalmente están en activos, cuentas por cobrar, reposición de activos, nuevas inversiones, etc.
El resultado fue un cambio estructural en la inversión. En 1984, la inversión como porcentaje del PIB era 8,9%. A partir de ahí comienza a crecer sostenidamente, junto con el crecimiento del FUT y de la economía, hasta llegar a su peak en 2012, con un 27,1% del PIB.
Es decir, desde la reforma de 1984 hasta 2013, la inversión como porcentaje del PIB aumentó en 18 puntos. En 2013, previo a la reforma de Bachelet II, la inversión estaba en torno al 27%.
Sin embargo, en 2014 se implementa la reforma tributaria que elimina este sistema, encabezada por Alberto Arenas, y la inversión cae a 25,1%. Desde ese momento en adelante, y hasta el final del gobierno de Boric, la inversión se mantiene estancada y cae a 24,2% como porcentaje del PIB.
Incluso en pandemia, en 2021, la inversión alcanzó 24,3% del PIB, pero luego volvió a caer. Es decir, desde la reforma de 2014 hasta hoy, la inversión no solo se estancó, sino que retrocedió.
Ahora bien, muchos críticos argumentaron que el FUT se utilizaba para evasión o para financiar gastos personales. Pero si ese era el problema, entonces el problema no era el instrumento, no era el FUT, sino la fiscalización. Si estaba mal fiscalizado, había que mejorar la fiscalización, no eliminar la herramienta que permitió aumentar la inversión en 18 puntos del PIB.
Hoy, además, existen herramientas tecnológicas que hacen mucho más eficiente la fiscalización. Con facturación electrónica y sistemas de análisis de datos, el Servicio de Impuestos Internos puede detectar inconsistencias de forma automática, generar alertas y focalizar fiscalizaciones. Ya no es necesario recorrer locales a pie revisando libros contables como antes. Por lo tanto, el sistema puede protegerse de los malos contribuyentes sin eliminar los incentivos correctos para la inversión.
Finalmente, hay un punto clave: la idea de que subir impuestos siempre aumenta la recaudación es falsa. La evidencia, incluida la curva de Laffer, muestra que existe un punto óptimo. Más allá de ese punto, subir tasas reduce la recaudación, y en ciertos casos, bajarlas puede aumentarla.
En consecuencia, modificar instrumentos que incentivan la inversión tiene efectos negativos evidentes. La inversión cayó desde niveles cercanos al 27% del PIB antes de la reforma de 2014 a niveles cercanos al 24% posteriormente. Por eso es tan relevante que se reabra esta discusión. Porque es una condición necesaria para romper el círculo negativo de bajo crecimiento y baja inversión que nuestro país está enfrentando desde hace ya muchos años.
Agustín Rendic
Ingeniero control gestión UNAP –
Post. economía y finanzas USACH
Observatorio económico Tarapacá









